Acapulco, Gro., 8 de agosto de 2026.— Beatriz Mojica Morga caminó por las calles de Ejido de Icacos para hablar de soberanía nacional y de la continuidad de la transformación, pero el recorrido terminó abriendo una conversación sobre otra soberanía: la que, según cuentan los habitantes, perdió hace décadas el pueblo afromexicano sobre la tierra que ocupaba frente al mar.
La consejera nacional de Morena llegó a Icacos para tocar puertas, entregar ejemplares del periódico Regeneración y convocar a cerrar filas con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Recorrió las calles Siete y Cuatro, pasó por el parque y el mercado y llegó hasta el emblemático restaurante El Chivo Costeño, en la calle Blas Domínguez, propiedad de don Fernando Zúñiga, originario de San Luis Acatlán, quien le manifestó su respaldo y le habló de una cualidad que, dijo, reconoce en ella: ser una mujer que recorre y conoce el territorio guerrerense.
Pero entre saludo y saludo apareció una historia que permanece en la memoria de Icacos. Gregorio Marín Hernández, comisario de la localidad, y el locatario José Ariel Magallón Sierra le narraron a Mojica cómo las familias afromexicanas que habitaban junto al mar fueron desplazadas para abrir espacio al desarrollo turístico que transformaría para siempre aquella zona de Acapulco.
Eran 36 familias, principalmente pescadoras, que vivían a la orilla del mar, en terrenos sobre los que posteriormente avanzaría la urbanización de la franja turística y la Costera. A cambio de dejar aquel espacio, les ofrecieron una serie de compensaciones: una vivienda para cada familia, una planta de luz, una planta de molino, 20 mil pesos y hasta un barco de madera.
El barco, le contaron, nunca llegó.
Y la transformación del territorio fue todavía más profunda. Los habitantes relataron que incluso el antiguo panteón de la comunidad fue removido y trasladado hacia Las Cruces.
La escena dejó una paradoja política difícil de ignorar. Icacos está a unos pasos de una de las zonas que durante décadas simbolizaron la prosperidad turística de Acapulco, pero sus habitantes conservan la memoria de quienes aseguran haber pagado parte del costo de aquella modernización. De un lado, hoteles, comercios y la Costera; del otro, una comunidad que todavía relata cómo perdió el acceso directo a la tierra y al mar que habían formado parte de su historia.
Mojica vinculó esos testimonios con una de las discusiones actuales sobre el desarrollo de Guerrero: evitar que la inversión y el crecimiento profundicen las diferencias entre las zonas turísticas y las colonias populares. Señaló que el desarrollo debe traducirse también en bienestar para las comunidades que históricamente han permanecido al margen de sus beneficios.
Por ello, convocó a las y los habitantes de Icacos a involucrarse en las reuniones relacionadas con el Plan de Justicia para el Pueblo Afromexicano, como una vía para colocar sus demandas y su memoria histórica en la agenda pública. “Que no dejen de acudir para que Icacos y todos los pueblos afromexicanos tengan un mejor nivel de vida en el segundo piso de la transformación”, expresó.













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