La Montaña de Guerrero sigue expulsando familias enteras sin oportunidades de sobrevivencia; niñas, niños y jóvenes representan la mitad de la mano de obra en los surcos de chile morrón
Texto: Fernando Foster
Chilpancingo, Gro., 6 de septiembre de 2025.-Este viernes, un grupo de 77 jornaleras y jornaleros indígenas nahuas, de los cuales 38 son niñas y niños, salió rumbo al campo agrícola 20 de Culiacán, Sinaloa, para enrolarse como trabajadores en los surcos de chile morrón. La falta de empleo y el encarecimiento de la vida obligan a cientos de familias de la Montaña de Guerrero a migrar cada temporada, aun a costa de enfrentar explotación laboral, violencia e inseguridad en los estados del norte.
Con este nuevo contingente suman ya más de 147 familias que han abandonado sus comunidades desde el inicio de la temporada alta de migración el 1 de septiembre. Organizaciones locales advierten que la cifra seguirá aumentando, pues la crisis alimentaria y la carestía mantienen a la región en condiciones de extrema vulnerabilidad.
Miguel de la Cruz, originario de Chiepetepec, viajó solo este año para costear los estudios de sus dos hijos. “Voy al campo 20, donde pagan 3.50 pesos por bote de 20 litros en la etapa inicial. Después sube a 331 pesos al día, pero no sabemos cómo estará ahora. El año pasado fui a Chihuahua y después a Sinaloa. Es la única manera de sacar un poco de dinero”, relató cargando su mochila.
En los campos, la jornada inicia a las 7:00 de la mañana y concluye a las 5:00 de la tarde, aunque en días de intenso calor la pausa es obligada al mediodía para prevenir deshidratación. Las horas extras se pagan a 60 pesos. “Nos dan cuartos, estufa, tanque de gas, lavadero y regaderas, pero la inseguridad es fuerte. Nos recomiendan no salir del campo”, añadieron otros trabajadores.
Entre las familias viaja doña Dolores, también de Chiepetepec, con cuatro hijos que llevarán sus estudios entre los surcos. “Mi hija mayor entra a la prepa, otro a secundaria, otro a primaria y la más chica al kinder. En el campo hay maestros de primaria y secundaria, pero la preparatoria la tenemos que pagar en un lugar a media hora”, explicó.
Su historia contrasta con la de otras familias que no pueden costear la educación y ven obligados a sus hijos a incorporarse a la jornada laboral. “Mis hijos entienden el náhuatl, pero no lo hablan porque en las escuelas no les enseñan”, lamentó.
Las familias jornaleras viajan durante días en autobuses, deteniéndose sólo para comer o ir al baño, recorriendo caminos inseguros y expuestos a retenes de grupos criminales. A pesar de los riesgos, la migración persiste porque la Montaña de Guerrero se mantiene olvidada por las políticas sociales.
“La supuesta disminución de la pobreza no llegó aquí. La canasta básica está por las nubes y no hay trabajo. Por eso seguimos migrando para poder comer”, expresaron varios campesinos antes de partir.
El viacrucis de estas familias refleja una realidad que se repite cada temporada: niñas, niños y adultos convertidos en mano de obra barata para las agroindustrias del norte, entre la pobreza que los expulsa y la violencia que los recibe.

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