La señora de las alegrías: historia de trabajo y resistencia en las calles de Chilpancingo

Desde hace más de 15 años, Elvira Campos Martínez recorre el centro vendiendo dulces tradicionales de amaranto, cacahuate y piloncillo

Tras una separación y años de trabajo precario como empleada de limpieza, encontró en la elaboración de alegrías una forma de sostener a sus tres hijos y preservar una tradición que hoy le permite producir hasta 500 piezas diarias

Texto: Josué Miranda

Chilpancingo, Gro., 07 de marzo de 2026. — Entre las calles del centro y las oficinas de gobierno de Chilpancingo, muchas personas la reconocen por la canasta llena de dulces tradicionales que carga cada día. Para quienes la conocen es simplemente “la señora de las alegrías”, pero detrás de ese nombre se encuentra la historia de Elvira Campos Martínez, una mujer que convirtió el trabajo, la resistencia y la tradición en el camino para sacar adelante a su familia.

Elvira nació el 25 de enero de 1970 en el municipio de Tixtla. Durante su juventud decidió migrar a Chilpancingo en busca de mejores oportunidades. Tenía apenas 17 años cuando la capital del estado llamó su atención y decidió quedarse a vivir ahí.

Un año después contrajo matrimonio y comenzó una nueva etapa en su vida. Durante esa relación tuvo tres hijos: Miguel Ángel Rosales, María de los Ángeles y Dulce Rosa. Sin embargo, el matrimonio terminó después de siete años, tras una relación complicada que cambió por completo su vida.

Con tres hijos pequeños —de uno, tres y seis años— Elvira tuvo que salir a trabajar para sostener a su familia.

“Empecé a trabajar cuando me separé”, recuerda.

Su primer empleo fue en labores de limpieza. Trabajaba jornadas de ocho horas por apenas 20 pesos diarios y, en ocasiones, en turnos nocturnos, mientras al mismo tiempo se hacía cargo del cuidado de sus hijos.

Durante años pasó por distintas empresas de limpieza. En una de ellas trabajó durante 13 años, pero la relación laboral terminó de forma abrupta cuando la empresa dejó de pagarle varias quincenas.

“Nunca me pagaron. Hasta ahora sigo con ese resentimiento”, relata.

Ante la falta de ingresos, comenzó a trabajar también en casas particulares realizando labores domésticas. En ese proceso conoció a integrantes de la Red de Mujeres Empleadas del Hogar, quienes la asesoraron sobre sus derechos laborales y sobre cuánto debía cobrar por su trabajo.

A pesar de las dificultades económicas, Elvira tenía una meta clara: que sus hijos estudiaran. Ella misma solo pudo concluir la secundaria, ya que sus padres —dedicados al comercio— no contaban con recursos para seguir financiando su educación.

“Yo les decía: estudien, por favor. Yo no quiero que vivan lo que yo viví”, recuerda.

El camino de las alegrías

El rumbo de su vida cambió cuando su hermana le enseñó a preparar alegrías y palanquetas, dulces tradicionales elaborados con amaranto, cacahuate, ajonjolí y piloncillo.

Al principio no fue fácil. En muchas ocasiones tenía que pedir dinero prestado para comprar los ingredientes y levantarse desde las cinco de la mañana para comenzar la preparación.

El proceso requiere paciencia y rapidez. Primero se doran los ingredientes y se prepara el piloncillo hasta que adquiere una textura similar al chicle. Después se mezcla todo y rápidamente se moldea en forma rectangular antes de que el dulce se endurezca.

“Todo es asado, nada lleva aceite. Todo es natural”, explica.

Con una canasta llena de dulces comenzó a recorrer el mercado, las oficinas de gobierno y diversas calles del centro de Chilpancingo, caminando largas distancias para vender.

Con el paso del tiempo, su producto comenzó a ser reconocido y algunas personas empezaron a hacer pedidos para fiestas, aguinaldos y reuniones.

Actualmente puede elaborar entre 400 y 500 alegrías al día, que vende aproximadamente en 15 pesos cada una.

Una voz para las trabajadoras del hogar

La experiencia de Elvira como trabajadora doméstica también la llevó a compartir su historia en espacios de defensa de derechos laborales.

A través de organizaciones de trabajadoras del hogar, fue invitada a contar su experiencia en otros países. Gracias a la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar, tuvo la oportunidad de viajar a Colombia y Costa Rica, donde habló sobre las condiciones laborales que enfrentan muchas mujeres en trabajos de limpieza y cuidado.

El fruto del esfuerzo

Han pasado más de 15 años desde que comenzó a vender alegrías y palanquetas. Con ese trabajo logró algo que siempre soñó: sacar adelante a sus hijos y brindarles educación.

“Mis hijos vieron cómo me mataba trabajando y siempre estuvieron conmigo”, dice.

Aunque ellos saben preparar los dulces, Elvira espera que no tengan que dedicarse a lo mismo, pues reconoce que se trata de un trabajo físicamente demandante.

Actualmente vive en la colonia Tómatal, en Chilpancingo, y continúa vendiendo sus dulces en el mercado y en distintas dependencias gubernamentales.

Con los años también han llegado problemas de salud: sufre dolores en las rodillas y ya no puede caminar tanto como antes. Aun así, sigue trabajando y apoyando a su familia. Parte de sus ingresos los destina para ayudar a su hermana, quien enfrenta problemas de columna.

Además, comparte su conocimiento con otras mujeres interesadas en aprender a preparar alegrías.

“No quiero que pasen lo que yo sufrí”, afirma.

Hoy, después de décadas de esfuerzo y resistencia, Elvira continúa recorriendo las calles con su canasta de dulces. Y aunque su nombre es Elvira Campos Martínez, para muchos en Chilpancingo seguirá siendo, simplemente, la señora de las alegrías.

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